El Hecho: En agosto de 2006, el periódico divulgó en primera página una información que asociaba a Carlos Alfonso Potes, Gerente interventor de EMCALI para ese momento, con un hecho de corrupción que parecía escandaloso. Había firmado un contrato de 26 millones de dólares sin licitación. Pocos días después, el funcionario renunciaba, no sin antes haber tenido que soportar un editorial del periódico en donde cuestionaba, además del acto de delincuencia, al directivo porque tenía sobre sus hombros decenas de demandas y fallos para suspenderlo provenientes de la Procuraduría General de la Nación. La semana anterior, esa orden de suspensión fue tumbada por ese mismo despacho en fallo de segunda instancia. En conclusión, el exgerente nunca fue suspendido. Pero El Tiempo, diligente para colocarlo en la picota pública, se olvidó de su ética períodística y optó por desconocer el hecho.

El comentario: Nunca el periódico informó sobre las posiciones de quienes respaldaban el contrato. Y ahora tampoco lo hace sobre el nuevo fallo que deja en limpio el nombre de Potes, aclarando que aún no se ha emitido fallo sobre el contrato de los 26 millones de dólares. Lo triste de este monopolio informativo que ejerce este periódico en Colombia, es que lidera su propio aparato judicial: sanciona y condena cuando quiere, absuelve a quien es de sus afectos.

La recomendación: El Tiempo no cambiará y menos contando entre sus allegados a un Ministro de Estado y al Vicepresidente de la República. Su defensora del lector, una señora que debería estar dedicada, y lo digo respetuosamente, a cuidar su gato en la casa, hace cualquier cosa menos defender al lector. Esa figura aparece implacable cuando al redactor se le olvidó colocar una coma, o escribió mal un nombre. Pero se esconde por completo cuando el periódico comete un error. Además porque en sus páginas, por obvias razones, no hay posibilidad de que el lector replique. En un estilo en el que escribe ella pero habla otra persona (El Defensor dice..), nuestra estimada periodista desconoció todas las comunicaciones que se le escribieron reclamando mayor equilibrio en el tratamiento de la información. En este caso, lo único que vale es el castigo de los lectores, que cada vez deben aguantar más desaciertos en sus páginas.